Invierte a largo plazo sin descuidar el riesgo

Aprende a construir una estrategia de inversión a largo plazo basada en la gestión del riesgo, la diversificación y una correcta asignación de activos.


¿Cómo construir una estrategia de inversión a largo plazo basada en la gestión del riesgo?

Invertir a largo plazo suele asociarse con paciencia, interés compuesto y crecimiento del patrimonio. Sin embargo, existe un elemento que puede resultar todavía más importante: aprender a gestionar el riesgo antes de intentar maximizar la rentabilidad.

Una estrategia de inversión no debería construirse pensando únicamente en cuánto dinero se puede ganar. También debe responder a una pregunta mucho más incómoda: ¿cuánto estás dispuesto a perder temporalmente sin abandonar el plan?

Esta cuestión es fundamental porque los mercados financieros atraviesan ciclos. Habrá periodos de crecimiento, correcciones, crisis económicas, inflación elevada, cambios en los tipos de interés y momentos en los que prácticamente todos los inversores cuestionen sus decisiones.

Una cartera diseñada únicamente para obtener la máxima rentabilidad posible puede parecer atractiva durante un mercado alcista, pero convertirse en un problema cuando llega una caída importante.

En cambio, una estrategia basada en la gestión del riesgo intenta encontrar un equilibrio entre rentabilidad potencial, volatilidad, horizonte temporal, liquidez y capacidad real para soportar pérdidas.

Esto no significa intentar evitar todas las caídas. Hacerlo sería prácticamente imposible sin renunciar a buena parte del potencial de crecimiento que ofrecen los activos de riesgo. El objetivo es construir una cartera que puedas mantener durante diferentes escenarios económicos sin verte obligado a tomar decisiones impulsivas.

¿Qué significa gestionar el riesgo en una inversión a largo plazo?

La gestión del riesgo consiste en identificar, medir y controlar los factores que pueden perjudicar una inversión o impedir que alcances tus objetivos financieros.

En una cartera a largo plazo existen diferentes tipos de riesgo.

Riesgo de mercado

Es la posibilidad de que el precio de los activos disminuya.

Las acciones pueden sufrir grandes correcciones incluso cuando las empresas continúan siendo viables. En una crisis económica, por ejemplo, los mercados pueden anticipar una reducción de los beneficios empresariales y ajustar las valoraciones rápidamente.

Riesgo de concentración

Aparece cuando una parte excesiva de la cartera depende de una única empresa, sector, país o activo.

Una cartera con veinte acciones puede seguir estando concentrada si todas pertenecen al mismo sector o región.

Riesgo de liquidez

Consiste en no poder vender un activo rápidamente a un precio razonable.

Este riesgo suele ser menor en grandes mercados líquidos, pero puede ser relevante en determinados activos, empresas pequeñas o instrumentos poco negociados.

Riesgo de inflación

Incluso si una inversión aumenta de valor, la inflación puede reducir su poder adquisitivo real.

Obtener un 3 % de rentabilidad cuando la inflación es del 4 % significa que el crecimiento nominal del capital no se traduce necesariamente en un aumento del poder adquisitivo.

Riesgo de comportamiento

Es uno de los más difíciles de controlar.

Un inversor puede tener una cartera correctamente diseñada y, aun así, perjudicar sus resultados al vender durante una caída por miedo o comprar después de una subida impulsado por la euforia.

Por eso, una estrategia de largo plazo debe considerar tanto los riesgos financieros como los psicológicos.

El primer paso: definir los objetivos financieros

Antes de seleccionar acciones, ETFs, fondos o bonos, conviene establecer qué quieres conseguir.

No es lo mismo invertir para:

  • Crear patrimonio a varias décadas.
  • Complementar la jubilación.
  • Comprar una vivienda.
  • Crear una fuente adicional de ingresos.
  • Financiar estudios.
  • Mantener el poder adquisitivo del ahorro.

El objetivo determina en gran medida el horizonte temporal y el riesgo que puede asumir la cartera.

¿Por qué importa el horizonte temporal?

El tiempo disponible puede cambiar completamente la forma de gestionar una inversión.

Un inversor que tiene 25 años por delante puede soportar una caída temporal con mayor margen que alguien que necesita retirar el dinero dentro de 18 meses.

Esto no significa que el inversor joven deba asumir cualquier riesgo.

Significa que dispone de más tiempo para atravesar diferentes ciclos de mercado.

Por tanto, una estrategia de inversión a largo plazo debería comenzar con una definición clara del cuándo y para qué se está invirtiendo.

Determinar cuánto riesgo puedes asumir realmente

Una de las mayores diferencias entre una cartera teóricamente adecuada y una cartera que realmente puedes mantener es la tolerancia al riesgo.

Puedes pensar que soportarías una caída del 30 % porque históricamente sabes que los mercados se recuperan.

Pero experimentar una pérdida de ese tamaño sobre tu propio patrimonio puede ser completamente diferente.

Por ejemplo, una inversión de 50.000 euros que cae un 30 % pasa a valer 35.000 euros.

La recuperación posterior hasta 50.000 euros requiere aproximadamente un 42,9 % de subida desde esos 35.000 euros.

Por eso, la gestión del riesgo no debería basarse únicamente en porcentajes abstractos. Conviene imaginar las pérdidas expresadas en dinero y preguntarse cómo reaccionarías ante ellas.

Tolerancia al riesgo y capacidad de riesgo no son lo mismo

La tolerancia al riesgo tiene que ver con cuánto estás dispuesto a soportar emocionalmente.

La capacidad de riesgo está relacionada con cuánto puedes permitirte perder sin poner en peligro tus objetivos financieros.

Alguien puede tener una elevada tolerancia psicológica a la volatilidad, pero necesitar el dinero en pocos años.

En ese caso, su capacidad real para asumir riesgo puede ser limitada.

Una estrategia sólida debe tener en cuenta ambas variables.

Crear una asignación de activos coherente

Una vez definidos los objetivos y el nivel de riesgo, llega uno de los pasos más importantes: determinar cómo distribuir el capital.

La asignación de activos establece qué porcentaje de la cartera se destina a cada categoría.

Por ejemplo:

ActivoFunción potencial
AccionesCrecimiento a largo plazo
BonosDiversificación y estabilidad relativa
LiquidezNecesidades cercanas y flexibilidad
InmobiliarioDiversificación
Materias primasExposición a determinados ciclos
Otros activosDiversificación adicional

No existe una distribución perfecta para todos los inversores.

Una cartera puede tener un 80 % de renta variable y 20 % de renta fija, mientras otra puede utilizar una distribución mucho más conservadora.

La cuestión fundamental es que la combinación sea compatible con el horizonte temporal y la capacidad para soportar pérdidas.

¿Por qué las acciones suelen tener un papel importante a largo plazo?

Las acciones representan participaciones en empresas y, a largo plazo, pueden ofrecer un potencial de crecimiento superior al de activos considerados más conservadores.

Pero ese potencial tiene un precio: mayor volatilidad.

Los mercados bursátiles pueden caer considerablemente en periodos relativamente cortos.

Por eso, invertir a largo plazo no significa ignorar el riesgo de las acciones.

Significa reconocer que las fluctuaciones pueden formar parte del proceso y diseñar la cartera para soportarlas.

Un inversor que necesita vender durante una caída profunda puede convertir una pérdida temporal en una pérdida permanente.

La diversificación como primera línea de defensa

La diversificación es uno de los mecanismos más importantes para gestionar el riesgo.

Su objetivo es evitar que el resultado de la cartera dependa excesivamente de una única inversión.

Una cartera diversificada puede distribuir el riesgo entre:

  • Diferentes empresas.
  • Sectores.
  • Países.
  • Regiones.
  • Monedas.
  • Clases de activos.

Diversificar no significa comprar indiscriminadamente

Añadir más inversiones no siempre mejora una cartera.

Si compras diez empresas tecnológicas estadounidenses, tienes diez posiciones, pero continúas dependiendo considerablemente del mismo sector, país y entorno económico.

En cambio, combinar empresas de diferentes sectores y regiones puede reducir determinadas concentraciones.

Los fondos indexados y ETFs pueden facilitar esta tarea porque permiten obtener exposición a muchas empresas mediante un único producto.

Sin embargo, incluso un ETF debe analizarse.

Hay que conocer qué índice replica, qué empresas contiene, su distribución geográfica, los sectores predominantes y sus costes.

Diversificación geográfica

Invertir únicamente en el mercado nacional puede generar una concentración importante.

La diversificación internacional permite acceder a economías con diferentes estructuras y ciclos.

Un inversor puede obtener exposición a:

  • Estados Unidos.
  • Europa.
  • Japón.
  • Canadá.
  • Australia.
  • Mercados emergentes.

Esto puede reducir la dependencia de la evolución de una única economía.

Pero también introduce nuevos riesgos, especialmente el riesgo de divisa.

Si una inversión está denominada en dólares, por ejemplo, la rentabilidad obtenida por un inversor que utiliza euros dependerá tanto de la evolución del activo como del tipo de cambio entre ambas monedas.

Diversificación por sectores

Los diferentes sectores económicos responden de manera distinta a los cambios del entorno.

Los bancos pueden verse afectados por los tipos de interés y la morosidad.

Las empresas tecnológicas pueden ser sensibles a las valoraciones y al coste del capital.

Las compañías energéticas dependen en mayor medida de los precios de las materias primas y de determinados acontecimientos geopolíticos.

Las empresas de consumo básico pueden presentar características más defensivas.

Combinar sectores puede ayudar a evitar que una única tendencia económica domine toda la cartera.

¿Cómo utilizar la renta fija para gestionar el riesgo?

Los bonos pueden desempeñar un papel relevante dentro de una estrategia de largo plazo.

Aunque no están libres de riesgo, pueden proporcionar características diferentes a las acciones.

Una cartera que combina renta variable y renta fija puede presentar un comportamiento diferente a otra formada exclusivamente por acciones.

Pero hay que comprender que no todos los bonos son iguales.

Antes de invertir en renta fija conviene analizar:

  • Calidad crediticia.
  • Duración.
  • Vencimiento.
  • Tipo de emisor.
  • Divisa.
  • Rentabilidad.
  • Riesgo de impago.

Los bonos corporativos de empresas con menor calidad crediticia, por ejemplo, pueden comportarse de forma más parecida a la renta variable durante determinadas crisis.

El riesgo de tipos de interés

Los cambios en los tipos de interés pueden afectar al precio de los bonos.

Cuando los tipos suben, determinados bonos existentes pueden perder atractivo frente a nuevas emisiones con rentabilidades superiores.

Esto puede provocar una caída de su precio en el mercado secundario.

Por otro lado, cuando los tipos bajan, determinados bonos ya emitidos pueden aumentar de valor.

La duración es especialmente relevante porque, en términos generales, los bonos con mayor duración presentan una mayor sensibilidad a los movimientos de los tipos de interés.

Por eso, utilizar renta fija como herramienta de gestión del riesgo requiere algo más que seleccionar cualquier fondo de bonos.

Mantener una reserva de liquidez

La liquidez puede parecer poco atractiva cuando los mercados están subiendo, pero cumple una función esencial.

Una reserva adecuada puede evitar que tengas que vender inversiones en un momento desfavorable para cubrir gastos inesperados.

También proporciona flexibilidad para afrontar oportunidades sin alterar toda la cartera.

Sin embargo, mantener demasiado dinero en efectivo durante periodos prolongados puede reducir el potencial de crecimiento y dejar el capital expuesto a la inflación.

La cantidad adecuada dependerá de las necesidades individuales, los ingresos, los gastos y el horizonte temporal.

Diferenciar el fondo de emergencia de la cartera de inversión

Este punto merece especial atención.

El dinero destinado a emergencias no debería depender del comportamiento de la bolsa.

Si necesitas vender acciones después de una caída del 25 % para afrontar un gasto inesperado, la planificación de la cartera ha fallado.

Por eso, es conveniente separar conceptualmente:

Dinero para necesidades cercanas → liquidez y productos adecuados al corto plazo.

Dinero para objetivos lejanos → cartera de inversión acorde al horizonte y riesgo.

Esta separación puede reducir considerablemente la presión psicológica durante las crisis bursátiles.

Establecer reglas antes de que llegue una crisis

Una estrategia de inversión es mucho más útil cuando establece qué hacer antes de que aparezcan las dificultades.

Por ejemplo:

  • Revisar la cartera una o dos veces al año.
  • Rebalancear cuando los porcentajes se desvíen demasiado.
  • Mantener las aportaciones periódicas.
  • Evitar vender por movimientos puntuales.
  • Revisar los costes.
  • Mantener la liquidez necesaria.
  • No modificar la distribución por una noticia aislada.

Estas reglas ayudan a convertir la inversión en un proceso sistemático.

El objetivo no es eliminar las emociones, algo prácticamente imposible, sino evitar que una emoción puntual determine una decisión financiera importante.

¿Qué importancia tiene el rebalanceo?

El rebalanceo consiste en devolver la cartera a la distribución de activos establecida.

Imagina una cartera inicialmente formada por:

  • 70 % acciones.
  • 30 % bonos.

Después de varios años de subidas bursátiles podría pasar a:

  • 82 % acciones.
  • 18 % bonos.

Aunque el patrimonio haya aumentado, el nivel de riesgo también puede haber cambiado.

Rebalancear permite recuperar la distribución objetivo.

Rebalanceo periódico o por desviaciones

Hay diferentes métodos.

Uno consiste en revisar la cartera en fechas determinadas, por ejemplo una vez al año.

Otro consiste en actuar únicamente cuando un activo se desvía un porcentaje determinado respecto al objetivo.

Ambos métodos pueden funcionar.

Lo importante es tener una regla definida y aplicarla de forma coherente.

Evitar perseguir las inversiones que más han subido

Uno de los errores habituales durante los mercados alcistas consiste en comprar activos simplemente porque han obtenido grandes rentabilidades recientemente.

El problema es que una buena rentabilidad pasada puede haber provocado valoraciones elevadas.

Cuando el entusiasmo aumenta, el inversor puede terminar concentrando una parte excesiva de la cartera en aquello que ha funcionado mejor.

Una estrategia basada en gestión del riesgo debería preguntarse no solo:

«¿Cuánto ha subido este activo?»

sino también:

«¿Qué porcentaje representa ahora dentro de mi cartera y qué ocurriría si cayese significativamente?»

Esta segunda pregunta ayuda a detectar concentraciones que pueden pasar desapercibidas.

No confundir volatilidad con riesgo permanente

La volatilidad mide cuánto fluctúa el precio de una inversión.

Pero una caída temporal no implica necesariamente una pérdida permanente de capital.

Por ejemplo, un índice bursátil puede caer durante una crisis y posteriormente recuperar su valor.

Sin embargo, una empresa individual puede sufrir un deterioro estructural que impida recuperar sus máximos anteriores.

Esta diferencia es especialmente importante.

Una cartera diversificada mediante índices amplios puede tener un perfil de riesgo diferente al de una cartera concentrada en unas pocas acciones.

Por eso, el análisis del riesgo debe considerar qué estás comprando y no únicamente cuánto se mueve su precio.

¿Qué papel tienen los ETFs y fondos indexados?

Los ETFs y fondos indexados pueden ser herramientas útiles para construir estrategias diversificadas a largo plazo.

Un único producto puede proporcionar exposición a decenas, cientos o incluso miles de empresas.

Esto reduce el riesgo asociado a una compañía individual.

Además, determinados productos presentan costes relativamente reducidos.

Pero no todos los ETFs son iguales.

Antes de incorporarlos a una cartera conviene revisar:

  • Índice de referencia.
  • Número de posiciones.
  • Peso de las principales empresas.
  • Distribución geográfica.
  • Exposición sectorial.
  • TER o comisión total.
  • Método de réplica.
  • Política de distribución.
  • Domicilio del fondo.
  • Liquidez.

La diversificación real debe analizarse en profundidad.

Un ETF aparentemente amplio puede tener una concentración considerable en unas pocas empresas si estas representan una parte muy elevada del índice.

Gestionar el riesgo no significa buscar rentabilidad cero

Una estrategia demasiado conservadora también puede generar problemas.

Si todo el patrimonio permanece en efectivo durante décadas, la inflación puede reducir significativamente su poder adquisitivo.

Por eso, gestionar el riesgo no consiste en eliminar toda volatilidad.

Consiste en encontrar un nivel de riesgo que permita perseguir los objetivos financieros sin asumir una exposición que resulte insostenible.

La pregunta correcta no es:

«¿Cómo consigo que mi cartera nunca caiga?»

Sino:

«¿Qué nivel de caída puedo soportar y qué combinación de activos me permite seguir invirtiendo durante diferentes escenarios?»

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